sábado, 22 de diciembre de 2012

Indómita


De improviso entre la austera concurrencia de esos pasajes reconozco el rostro de una actriz que conocí hace un tiempo. Corría un poco de viento. Solo la había reencontrado en un par de obras a las que me había invitado. Pero no fue su rostro, ni su sorpresiva aparición lo que detuvo mi atención, su corto pelo castaño yacía humedecido con algunos rizos que osaban aparecer en ese lacio semblante y, aquí lo más llamativo, una toalla de baño blanca encapsulaba su cuerpo desde la altura de sus sobrios senos hasta la sospecha de sus rodillas. A ello solo se sumaba un par de sandalias sonoras junto a los adoquines que recepcionaban las gotas que aún caían indómitas desde todo su cuerpo. Avanzábamos a la calle principal saliendo por Concha y Toro.

Tomar el curso de una conversación habitual no demoró mucho. Quizás fue la naturalidad que tuvo para expresarme su situación- me declaró que le encantaba provocar a quienes la miraran- O quizás haya sido mi vergüenza despojada riéndome del resto que admiraban o reprochaban a la sonriente joven como recién salida de un baño. En fin, a los poco minutos me vi absorto en un reencuentro como cualquier otro: sorpresivo por definición.

- ¿Qué tal tu vida? ¿Qué haces con tu tiempo libre y tu tiempo para conseguir dinero?, ¿Sigues viviendo donde mismo? Pero esa última pregunta no la pude realizar, pues hubo dos elementos de sus respuestas previas que impidieron seguir con el cuestionario tipo de los reencuentros. Me contó que se había involucrado perdidamente en un personaje de entrenador de fútbol y que era asidua observadora de diversos partidos nacionales e internacionales. Recordé que antaño ella rechazaba ese deporte por considerarlo un volador de luces que alentaba el nacionalismo. Se lo saqué en cara y respondió mi provocación con una estructurada respuesta: “No me estoy contradiciendo, de hecho ahora entreno un equipo que precisamente logrará revertir esa situación”.

La obra fue escrita por un anónimo encontrado en los márgenes de una escuela de teatro iquiqueña en el invierno del año 2008. El argumento tenía 4 escenas donde mi amiga de la toalla personificaba a una calma y reflexiva entrenadora que debía abrirse camino en la carrera de ser entrenadora de fútbol profesional. La primera escena comenzaba ordenando a sus primos y tíos en una población de Alto Hospicio entrenándolos en terrenos baldíos y yermos con un par de arcos a cada lado: A los delanteros les llamaba vitales, a los mediocampistas de corte la vanguardia, a los defensas les llamaba frentistas, al arquero el piñizca la luna y al mediocampista le decía orgánico. Se entendía que no era un simple cambio en el nombre de las posiciones, era una nueva forma de entender las funciones que en este caso debían trascender en la vida cotidiana.

Antes de que me comentara de qué se trataba la segunda escena decidí invitarla una cerveza negra en algún bar de la calle Brasil, quería seguirle el juego. No sé qué pensó. En silencio intentaba tomarse el pelo, sonreía y sobre sus mejillas caían las últimas gotas provenientes de su esbozo de chasquilla. No me respondió, detuvo una 401 dirección oriente y me dijo que si quería continuar escuchando su historia la debía acompañar hasta su casa. Subimos al bus y un olor a incienso similar a la ruda nos invadió junto al boquiabierto conductor que decidió llevarla sin cobrar. Las dos mujeres que hacían de pasajeras fruncieron el ceño al son de las sandalias húmedas que cruzaban el pasillo. Esquivé un par de bolsos que molestaban el tranco en esa micro que serpenteaba para salir de la parada y me detuve en sus piernas que cruzó al tomar asiento. Me miró fijamente, puso una mano sobre su cadera destacada por el blanco algodón que la moldeaba y con la otra golpeó veloz dos veces el asiento en el cuál debía sentarme.

Continuó con la parte que según ella más había impactado en su personificación. Cada elemento del equipo que había definido con anterioridad moldeaba una personalidad, la entrenadora tan calma y tan tranquila, debía ser capaz de inmiscuirse en cada uno de sus primos y tíos con el fin de que efectivamente su cotidianeidad fuera un reflejo del campo de juego. La segunda escena era un detalle del cambio por el cuál pasaban sus familiares jugadores. Me comentaba algo apurada, no entendí por qué, que los vitales debían ser quienes debían promover la felicidad por sobre el éxito. El éxito siempre es bastante individual, por lo que los vitales deben fortalecer la felicidad en conjunto y los fracasos nunca son particulares por lo que deben destacar cuanto enriquece al equipo reflexionar en torno a ellos.

Cada vez se apuraba más, sus manos sudaban y se secaba en su blanca toalla con algo de torpeza. Imaginé que era el frío de la noche y le ofrecí un chaleco que portaba conmigo. Al abrir mi bolso le llamó la atención el libro que traía, era TRES de Roberto Bolaño. Mientras lo hojeaba pasábamos por Plaza Italia donde un desvío nos hizo saber que se había convocado una manifestación, de esas espontaneas como le llaman los conservadores, de esas aguardadas como le llaman otros. Las cacerolas se hacían oír y ella se calmó un poco. No sé si fue el libro o la movilización o ambas.

Insistí en que continuará con la escena y se abrazó a mí. Que el piñizca la luna era el surrealista, que era el diseñador de los sueños y que los vanguardia debían dar sentido de equipo a todas las funciones, que una vez hubo que organizar un cumpleaños de una octogenaria tía en medio del desierto. Los frentistas jadeando milagros se fueron bajo tierra para urdir un buen plan de celebración que el orgánico coordinó entre todos los familiares.

De pronto el sudor comenzó a confundirse con su piel y ante mi alarma le comencé a hablar, a gritar más bien. Era inútil, seguía diluyéndose y por más que la aprisionará y por más fuerte que gritara por ayuda ya se habían bajado todos. El sonar de las consignas contra el poder económico junto a las cacerolas no dejaba a nadie escuchar que entre mis brazos huía una joven que simplemente se desvaneció. Espontánea, de repente, de improviso solo quedo un blanco corte de algodón sobre aquel asiento y un olor a ruda que rodeó esa historia inconclusa.


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